Microrrelato (2008)

7 06 2010

A veces, y sólo a veces, te echo de menos. Pienso en aquel beso que me robaste, en tus labios húmedos, en aquella alcoba que nos cobijaba del frío, y en cómo tus brazos rodeaban mi  delicada cintura. Anhelo tus palabras de consuelo en momentos de angustia y las promesas que olvidaste cuando salió el sol.
Ahora podríamos estar allí, dijiste.
Te echo de menos, a veces.





Los desgastados límites de la cordura: I

8 02 2010

Estados Unidos,  25 de enero de 1843.

Mis pesadillas me están consumiendo. La ansiedad me obliga a hacer cosas que desearía no hacer, pero ¿qué solución me queda si mi ángel se está marchitando como si de una rosa se tratase?

Virginia lleva más de un año con tuberculosis y sé que tarde o temprano fallecerá. El médico ha asegurado que está mejorando, pero ha perdido mucho peso y su piel cobriza ahora es pálida. Ha desaparecido el brillo de sus ojos y su mirada denota tristeza. Es un reflejo de lo que era.

Mi lúgubre casa empieza a parecer un infierno polvoriento en el que mi gata esconde ratones muertos detrás de los muebles. El olor a putrefacto inunda todo salón. Catarina, la asquerosa cuadrúpeda de ojos amarillos, me repugna. Sus siniestros maullidos pueden hacer temblar al mundo. He pensado en varias ocasiones asesinarla, pero mi mujer adora a la desdichada gata y yo adoro a  mi mujer.

También yo he perdido peso en estos últimos meses. La preocupación, la desesperación, la desagradable situación que estoy viviendo no me deja escribir. Mi pluma se ha secado… ¿En qué clase de escritor me estoy convirtiendo? En uno sin ganas de vivir.

Mi única compañera es la bebida, fiel amiga que hace que me olvide de lo que me rodea y consiga ser feliz. Gracias a ella he conocido a una persona… Berenice, una atractiva mujer que espera todas las noches en una esquina a sus pretendientes. Se suele ataviar con vestidos elegantes que marcan las suaves curvas de su cintura y que dejan entrever sus pechos perfectos. Posiblemente sea una noble de alto linaje.

Su compañía es agradable y su cálida voz me relaja los días en los que lo único que pienso es en suicidarme. Ayer me besó y me entraron ganas de acariciar su cuerpo, pero amo a Virginia y nunca haría nada que la hiciera sufrir. Me siento culpable por desear a otra mujer.

Hace dos semanas, el periódico anunciaba que William Miller ha vaticinado que en marzo de este mismo año acabará el mundo. Quizá no haga falta que sea yo quien acabe con mi vida.





Incertidumbre

31 01 2010

Perfecto, mi subconsciente
ya ni siquera se molesta
en ser simbólico…






Santa Teresa de Jesús

29 01 2010

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.


¿Dulce degenaración o amarga cordura?

Por fin lo he comprendido: mi mayor deseo está sólo en mis sueños. ¿Qué he de hacer?





Quevedo.

23 01 2010

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

¿Existe alguna manera de alcanzar

la ansiada felicidad?

Acabó el infierno, prometo actualizar en condiciones.





Neruda.

18 01 2010

Mañana…





Mario Luna IV

17 01 2010

No sé por qué, pero él sabía que aquel día iba ser el último que nos íbamos a ver, por eso me dijo adiós. Al principio de su enfermedad, las primeras veces que fui a visitarlo al hospital, yo siempre me despedía diciendo adiós. Hasta que un día me dijo que no lo volviera a hacer. Adiós es una palabra muy fuerte. La gente lo suele decir para despedirse cuando no se va a ver en un gran período de tiempo. Hasta luego era más apropiado.
Aquel día él dijo adiós, estoy seguro.

Como no podía dormir, le escribí una carta. En ella no puse todo lo que pensaba, es más, sólo puse un poema: “Amor constante más allá de la muerte”. Metí la carta en un sobre y con ella la foto de carnavales del colegio, donde  salíamos los dos disfrazados de piratas. A Mario le encantaba esa foto, le recordaba todo lo que hemos pasado juntos: empezando por la primera caída de un diente, el berrinche de enterarte que los Reyes Magos no existen, el paso del colegio al instituto, el primer beso con una chica, los suspensos, los veranos inolvidables, el idioma secreto que nos inventamos en el campamento… todo. En cada cosa que recuerdo de mi vida desde que tengo uso de razón hasta que tuve dieciséis años aparecía él.

Al fin amaneció. Estaba todo nublado, parecía que iba a llover. El cielo entendía mi estado de ánimo.
Sonó el teléfono de mi casa. ¡No…! Ya estaba. Todo se había acabado. Era el fin.
Lo cogí, temblando por saber quién era.
– ¿Si?
– Víctor –dijo la voz del padre de Mario.
– ¡Nooooo!
Le colgué el teléfono. Fui un poco grosero, pero no me lo podía creer. Parecía una broma de mal gusto. No, no podía ser. Era todo un mal sueño. ¿Por qué no conseguía despertarme?
Corrí a la habitación de mi madre llorando a lágrima viva.
– ¡Mamá!– la llamé varias veces- ¡Levántate! ¡Mierda, no! ¡Mario ha muerto! ¡Joder! – estaba tan furioso que pegué varios puñetazos a la pared, sin dejar de llorar.
Mi madre se levantó y se sorprendió mucho de verme tendido a los pies de su cama.
– Cariño, ¿por qué lloras?
– Mario, mamá…
– ¡Oh, no! Lo siento mucho, mi vida…

Dije antes que sólo había llorado dos veces, ¿no? Pues la segunda comenzó ahí y terminó cinco días más tarde.
No es preciso que cuente los dos días siguientes, pero sí me voy a detener en el día de su funeral.
El ataúd estaba abierto y dejaba ver su cara. Todos vestían de negro y rodeaban al pequeño Mario, llorando. Un cura dio un sermón, al que no presté demasiada atención, estaba demasiado absorto en mis pensamientos. Seguía sin creérmelo, era imposible.
– ¡Levántate!– grité, como si todavía cupiera la más ínfima posibilidad de que no estuviera muerto- ¡Está dormido! ¡Sólo duerme! Joder, Mario, ¿por qué? Lo tenías todo en la vida. No me dejes… ¡Nooo! – en ese momento corrí hacia él y le abracé lo más fuerte que pude. Su madre lloró más, conmoviéndose de lo que sucedía.
– Víctor, por favor… –dijo su padre agarrándome el brazo.
– ¡No! ¡Suéltame! Ninguno lo conocíais. No sabéis cómo era realmente. Joder, Mario, tío, levántate. Deja de bromear…
Todos los asistentes empezaron a llorar amargamente. ¿Se compadecían de verdad de mí? La madre separó al padre, indicándole que me dejara solo.
– ¡Mario! Levántate ya… ¡Ah, te he traído un regalo!– dije acordándome del poema- Te lo dejo aquí, entre tus manos… ¡Qué frías! Lo puedes leer siempre que quieras… ¡Te quiero!
Salí corriendo del cementerio como alma que lleva el diablo.
Esa fue la última vez que vi a Mario.

Dos días después llamé a su casa para disculparme por mi comportamiento con su padre.
La hermana pequeña de Mario, Inés, no se enteró de nada, aunque preguntaba siempre por la rara desaparición de su hermano.

Cincuenta años después he decidido cumplir mi promesa: escribir nuestra historia. Mejor tarde que nunca. A mis sesenta y seis años no hay día que no me acuerde del pequeño Mario, el chico que cambió mi vida.
Mario, tu recuerdo pervive.

Víctor